Mercedes Espinosa y Coro Carrillo

Hace unos pocos días disfrutamos de la última sesión del curso 2025-2026 en Comer y Leer. Esta vez hemos leído Coloquio de invierno de Luis Landero. Abrimos la charla con una pregunta: Si esta novela fuera una comida, ¿cuál sería? ¿Con qué plato la identificarías? Hubo alguien que respondió rápidamente que el libro de Landero era una menestra a la que se le había añadido un poco tarde el ajo, que no se había cocinado del todo bien y que no resultaba por eso demasiado sabrosa. Al comerla, además, te vas encontrando algunos trocitos peor cocinados y molestan un poco. Un surtido de croquetas variadas, dijo otra persona. Cada una con sus ingredientes, unos te gustan más que otros. Ensalada campera también, porque al igual que con las croquetas, no todos los ingredientes te gustan igual. Otra menestra de verduras, dijo otro lector, de la que apartas algunas y solo se comen las más tiernas. Varios cocidos, sí, salieron a colación muchos cocidos, y lo fundamental era que todos integraban muy distintos productos. Uno llevaba unos recortes de jamón un poco rancios, la verdad. Caldereta de rape, consomé con tropezones; cervezas con aperitivos, desde unos tristes panchitos a algo más suculento, cuyo sabor se queda en el paladar. Alguien sugirió un bar de pinchos en Vergara. Un pisto muy mezclado, en el que se distinguen mal las distintas verduras. Un gazpacho, una caldereta, una paella. Un revuelto en el que el huevo se ha quedado un poco crudo en algunas zonas. En resumen, cierta mezcla de elementos variados, algunos más suculentos que otros, en la que reina un algo de confusión. Pero, eso sí, siempre Landero con su maestría narrativa, siempre el encantador de serpientes que nos envuelve con el ritmo de su discurso liviano, ágil, cálido, como si lo estuviéramos escuchando hablar a él detrás de ese «bien hablar» de todos los personajes.
Tomando claramente el hilo romántico de cómo se gestó la famosa novela de Mary Shelley Frankenstein, Landero nos presenta a siete personajes protagonistas que han visto interrumpido su viaje por la tormenta Filomena y se han refugiado en un hotelito de montaña, regentado por un matrimonio mayor. Este hotelito de montaña es en la novela de Landero aquella elegante mansión llamada Villa Diodati, en Suiza, muy cerca del lago Lemán, en la que los poetas Lord Byron y Percy B. Shelley, Mary Godwin, John Polidori, y Claire Clairmont, la hermanastra de Mary Shelley se instalaron, buscando refugio de las incesantes lluvias y de la asombrosa bajada de las temperaturas, aquel verano de 1816, un verano en el que no hubo verano. Tiene mucho de teatro esta novela casi dialogada y coral de Luis Landero. Como si nos encontráramos frente a un escenario, cuando comienza la obra, tenemos frente a nosotros una sala, la pareja de hosteleros sentados en una mesa aparte y los viajeros alrededor de otra mayor, ocupada aún con los restos de la cena: “Fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas […]”. Fuera la nieve cae abundante. Callan y el silencio se adueña del espacio. Mientras cenaban ya se habían presentado y habían conversado sobre todo lo que se supone que unos desconocidos pueden comentar para entablar una necesaria conversación con los compañeros que la tormenta -o el destino- ha reunido. Los móviles están sin cobertura, algo absolutamente esencial, parece que nos quiere decir el escritor extremeño, para que pueda darse la magia de la conversación. Y para matar el tiempo, no tienen otra opción que volver a hacer como los antiguos, entretenerse hablando. Alguien propone que cada uno cuente una historia, la que quiera. Y así, de historia en historia, dentro de la más pura tradición cervantina, se va tejiendo la trama de esta novela en la que encontramos a los típicos personajes de Landero, seres comunes, anónimos, a veces grises, a veces antihéroes, quienes, a través de sus relatos, dignifican lo que cuentan porque lo convierten en materia narrativa.
Imposible no pensar en qué habríamos contado cada uno de nosotros llegado el caso. por eso dice Mercedes que de pronto ella misma se convirtió en uno de aquellos viajeros atados a un espacio. Y pensó, igual que una de ellos, que ella no sabría qué contar. Pero es cierto que, como sugería otro, siempre hay algo que relatar. Y de pronto pensó en el libro de nuestro compañero Félix Salgado Morales que leímos en la sesión del mes de marzo: Solo me sirve el odio. La novela contenía un enorme dilema moral, era la historia de una venganza. Una madre sabe, con plena certeza, -el autor lo hace muy verosímil- quién ha sido el asesino de su hija. Antes de que la policía inicie las pesquisas, ella consigue secuestrar al homicida y le hará sufrir todo lo que imagina que pudo sufrir la niña. La novela se desarrolla en la prisión donde la mujer cumple condena. El contenido recoge, en su mayoría, las conversaciones que tienen el psicólogo de la cárcel y la madre. Una baja los ojos y piensa: “¿Qué habría hecho yo en su caso?». Y la respuesta que surge más nítida es la que nos ofrecen ambos novelistas: contarlo.






























































